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Julián Campo, el sadhu de Burgos

Thornton Wilder se preguntaba en “El Puente de San Luis Rey, extraordinaria narración recientemente defenestrada por el cine, sobre los “caprichos” de la muerte. Su protagonista, el hermano Junipero, investigaba a fondo la vida de cinco personas que se habían el precipitado al abismo el viernes 20 de julio de 1714, a mediodía, tras el puente más bonito de todo el Perú, “una mera escalerilla de delgadas tablas con pasamos de sarmientos secos” en el camino real entre Lima y el Cuzco, que había sido tejido por los incas con mimbres más de un siglo antes, y “parecía ser una de esas cosas que duran eternamente”. Su objetivo era tratar de demostrar en el laboratorio de la vida la respuesta a la pregunta sobre si los por qués de la vida y la muerte responden con exactitud a los mecanismos escondidos de un plan divino o no somos más que monigotes en las manos de un destino que depende del yo y sus circunstancias a partes iguales.

Se trata de una de esas preguntas eternas que vuelve a ser actualidad tras un accidente ferroviario como el del pasado día 21 de agosto en Villada. Una vez más la historia no deja de imitar a las novelas y la vida de Julián, una de las víctimas, hubiera merecido un lugar destacado entre los personajes de la magnífica novela del escritor norteamericano.

Sólo ví a Julián una vez en mi vida, en la casa que las monjas de la Madre Teresa de Calcuta tienen en Madrid. No tuve la suerte de coincidir con él en Calcuta. Aunque tenía allí su casa aprovechaba los veranos, en los que las casas de las Misioneras de la Caridad se llenan de voluntarios, para tomar un respiro en su España natal. Pronto descubrí que él nunca dejaba de estar allí, su presencia era una referencia continua en la labor de los voluntarios.

Como esas personas que se mimetizan con su alrededor Julián se parecía cada vez más a esos sabios indios que contemplan la vida pasar en las aceras de cualquier ciudad india, y que van acumulando sabiduría, bibliotecas andantes del conocimiento ancestral. Era un asceta de tupida barba, era un sadhu, que como los sadhus verdaderos parecía haber renunciado al mundo exterior para vivir sólo del alma. Y por eso, por paradójico que pueda resultar, desde que pisó Calcuta por primera vez, tras el habitual shock inicial, se había puesto manos a la obra. Nunca se pudo marchar, y sin dejarse llevar por el lamento inútil o el fatalismo paralizante que produce la inmensidad de penas, dolores y necesidades que forman la vida diaria de la ciudad, pronto empezó a poner en práctica los consejos de la Madre Teresa de Calcuta, para la que sólo con gotas de agua se puede llenar el océano.

El mismo decía:

No tuve el valor de marcharme cuando vine a Calcuta. Fueron los peores cinco días de mi vida. Me preguntaba si era necesario tanto dolor, si hacía falta llevar los extremos de la miseria a unas experiencias tan horrendas.

Nunca fue solidario de pegatina, pancarta y discurso oficial. Sin querer protagonista de nada asumió desde el principio que lo que veía y vivía a diario era también su problema. Como su maestra la Beata Teresa de Calcuta medía la eficacia de la labores asistenciales por la cantidad amor que cada uno pone en su labor, la fórmula secreta de la labor de las Misioneras de la Caridad, que hace que todos los que reciben su ayuda se sientan únicos e irrepetibles, personas en un mundo que se empeña en tratarles como animales, o como números, que aunque no es lo mismo es casi igual.

Como comentaba un artículo publicado por El Mundo hace unos años, allí, además de bengalí, aprendió:

“a entender el sentido de la caridad, de la generosidad. Se habla mucho de los pobres, pero nadie habla con ellos. Y son los pobres quienes me han enseñado el sentido de este trabajo humanitario: te dan más de lo que tienen, te quieren, te transmiten unas sensaciones humanas que no he percibido fuera de aquí”.

Julián se enfrentaba cara a cara con la muerte a diario, en su labor en la estación de Howrah, ese cementerio de elefantes al que llegan a morir las gentes del campo y en Kalighat, el centro de enfermos terminales e indigentes, el primero de los más de 700 que la Madre Teresa fundó por todo el mundo y por el que sentía especial predilección. Allí intentaba curar a los enfermos, los ayudaba a bienmorir y embalsama sus cadaveres para devolverles la dignidad. Ya le había visto varias veces las orejas al lobo, no podía ser de otra manera después de 10 años viviendo entre el sida, la malaria, el tuberculosis y el tifus… pero la muerte le llegó en su país España, donde cualquiera le diría que podía estar seguro y sin peligros. No seré yo el que, emulando al hermano Junipero, trate de preguntarme el por qué, aunque no pueda evitar analizar la secuencia del descarrilamiento segundo a segundo, como buscando un fallo que permita volver hacia atrás, rebajar la velocidad, sólo se me ocurre pensar que Julián le habría dicho al conductor que no había prisa.

El decía:

“Me marcharé cuando el trabajo se convierta en una rutina, cuando sienta que la vida y la muerte han dejado de sorprenderme, cuando vea que me levanto a las cinco de la mañana como si los enfermos y los moribundos fueran una mera obligación. Sé muy bien que no he solucionado el problema del hambre, que la misión apenas representa una gota en el océano, pero no quiero reprocharme haber abusado de la vida cuando la muerte y la pobreza abusan de los demás. Aquí he aprendido a dar y recibir la dignidad”.

, así que Julián se quedará para siempre en Calcuta.

La noticia ha caído como una bomba en la comunidad de colaboradores que, como todos los veranos, están repartidos por casas de las Misioneras de la Caridad en todo el mundo. La gran mayoría de ellos están en Calcuta, donde este año hay más voluntarios que nunca. Siempre he pensado que si allí no fueran tan apremiantes las necesidades, se habría levantado hace muchos años un monumento a los voluntarios, hoy estoy seguro que ese monumento llevaría su rostro. El rostro de una de esas personas, santas las llama la iglesia católica, a las que el mundo debería estar eternamente agradecido por su vida.

PS para no iniciados: Los voluntarios de la madre Teresa no cobran una rupia. Ni siquiera reciben ayudas para costearse el viaje, para mantener la residencia, o para compensar el esfuerzo de 12 horas consecutivas. “Vas allí y te pones a trabajar a tu aire. Nadie te pide ayuda, ni te indica lo que tienes que hacer. Primero aprendes, después te sueltas, y, al final, acabas la jornada extenuado, con una sensación plena de vitalidad. No te puedes imaginar la manera en que los pobres entre los pobres agradecen que escuches sus pequeñas historias, sus problemas, sus ilusiones. Un trozo de cielo en el infierno”.