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La colaboración inteligente o cómo pedir un favor.

Es normal en conferencias, entrevistas, post y tweets varios invocar la importancia de la colaboración en un mundo conectado. A pesar lo habitual de esta retórica la realidad, al menos en mi experiencia, es bastante distinta, y podríamos decir que, cuando abandona internet, la colaboración es uno de los valores más mentados y menos ejercitados de esto que llamamos la “sociedad red”. No dudo que el mundo “real” (si todavía existe) cada vez está más influido por las reglas de la red pero en este campo todavía queda un largo trecho, especialmente cultural, por recorrer.

Su falta de “uso” no es sólo habitual en el mundo político (a pesar de ser considerada como uno de los tres pilares del gobierno abierto), también es muy habitual en el mundo empresarial e incluso en el mundo académico, donde las colaboraciones suelen ser una contada excepción y la combinación del yo me lo guiso yo me lo como y el do ut des siguen siendo las normas habituales de comportamiento. Hoy en día la colaboración parece aplicarse sólo cuando no hay dinero o notoriedad por medio. Todavía es poco habitual colaborar sin pedir nada a cambio, compartir contactos, involucrar a otros más especializados en un proyecto profesional, e incluso retuitear algún éxito de la “competencia”. Al final casi siempre intentamos hacer nosotros todo, vender nosotros todo, y conservar nuestros contactos e información en exclusiva… Así las cosas es difícil creer que caminamos irremisiblemente a una sociedad donde la colaboración sustituiría a la competencia.

La colaboración se materializa, entre otras cosas, en el gesto de pedir y que te pidan favores. La manera de hacerlo es, en mi opinión, bastante reveladora en la que se entiende la colaboración. Por eso, en base a experiencias muy recientes, he decidido reunir algunos pequeños “consejos” para pedir un favor:

1. Aunque pueda resultar evidente usa el “por favor”. Hay personas que parece que te hacen el favor de pedirte un favor, piden favores como si repartieran condecoraciones, como haciendo “que parezca un accidente”.
2. Ahórrale a la secretaria. El favor se justifica en cierta relación de confianza, no crees innecesariamente intermediarios.
3. Intenta no jugar en casa. Desplázate a su oficina o queda en un sitio que venga bien a la otra persona.
4. Intentar llegar puntual, no hagas esperar… cualquier cosa que no añada un esfuerzo adicional al favor que pretendes.
5. Piensa qué le puede aportar al otro lo que le estas pidiendo, trata de plantear tu proyecto de manera que pueda sacar algún tipo de beneficio real.
6. Mide el grado de confianza y la capacidad de interlocutor. Ni abuses, ni obligues a decir que no, y por si acaso deja siempre la puerta del no muy abierta.
7. Pide cosas “serias”, y que no puedas conseguir de otra manera. Que el favor no sea una vía para ahorrarte esfuerzo.
8. Deja claro la importancia de la ayuda que solicitas y la idoneidad de la persona a la que estás pidiendo el favor.
9. Ofrece toda la información, incluyendo efectos secundarios y posibles daños colaterales.
10. No plantees nunca tu propuesta en términos de reciprocidad: “como yo te he…” pero no dejes de pensar nunca en otras formas de ayudar al otro, aunque no tengan una relación directa con tu proyecto.
11. Da las gracias… (e intenta pagar la cuenta)
12. No seas pesado en el seguimiento de si ha podido hacer aquello a lo que se comprometió pero…no dejes de mantenerle informado de los avances relacionados con tu propuesta (aunque no estén directamente relacionados).

¿Se te ocurren otros consejos?

PS. A pesar del tono un poco negativo del post, sigo pensando que, como decía Carmen Díez de Rivera, “La generosidad es la forma suprema de la inteligencia”, y que invertir en los demás sigue siendo la mejor inversión, aunque a veces parezca que “toda buena obra tiene su justo castigo”. Los que me conocen tendrán que decir si consigo ponerlo en práctica.

por fin helprevolution.org

Hace muchos años trabajé durante un mes en Calcuta, fue una aventura que cambió mi vida, era una experiencia muy recomendable y, junto a otros amigos, pusimos en marcha la web de colaboradores. Queriamos facilitar una herramienta para compartir experiencias e información, pero también queríamos poner a los voluntarios en contacto, y crear otras vías con las que hacer la solidaridad más fácil, más asequible.

Los tiempos no estaban todavía listos, y lo que tenía vocación de red social se quedó en página web. Aún así son miles los que han pasado por colaboradores antes de vivir una experiencia de voluntariado internacional, y muchos, casi 600, los que se han puesto en contacto con nosotros solicitando consejo, información, y pidiendonos gente con la que realizar su aventura. Aunque el trabajo era muy gratificante en determinadas épocas se hacía pesado y cada día se iba haciendo menos útil. La información sobre distintos lugares como Calcuta, Etiopía, Setubal o Camboya que algunos de nosotros teníamos se iba haciendo más y más antigua y mucha de la gente a la que conocíamos, y nosotros mismos, iban cambiando de circunstancias familiares y se les iba haciendo más difícil viajar. Por eso teníamos ese proyecto en la cabeza desde hace años y, gracias a la Comunidad de Madrid, lo hemos podido hacer realidad.

Se trata de helprevolution una red social-social, social por su forma y social por su fondo. Su objetivo es hacer la solidaridad más fácil, y lo que podeis ver es sólo el comienzo de un proyecto mucho más ambicioso, que se extiende a facilitar la solidaridad en colegios y empresas, en fases posteriores. De momento busca ser una red de voluntarios.

Aunque le faltan los grupos, por problemas de presupuesto que intentaremos solventar, creo que ya es una herramienta muy útil, mucho más útil que colaboradores.

La información se articula en torno al WIKIHELP una base de datos abierta a la información de todos los voluntarios, que pueden editar, corregir y ampliar la información existente, y que pretende ofrecer toda la información sobre paises, ciudades y obras sociales. Información útil, que subirán voluntarios que han estado o están trabjando allí, información viva que se irá actualizando al minuto por nuevos voluntarios.

La colaboración en torno a los viajes, cualquiera que quiera viajar para hacer voluntariado puede echar un vistazo a la red para contactar con otras personas que tienen previsto viajara al mismo sitio, o en las mismas fechas, y ponerse de acuerdo con ellas o contactar con gente que ha estado allí recientemente o se encuentra trabajando allí en ese momento para resolver dudas de última hora, como qué cosas son más necesarias.

La comunicación en torno a la ficha del voluntario (que permite saber quién está ayudando en un momento concreto para comunicarse con el), ofrece al voluntario herramientas como el blog, los videos, las fotos para comunicarse con sus seres queridos y para mantener el contacto con los voluntarios que conozca en esa nueva experiencia.

Queremos crear un puente aereo para turista, gente que va a visitar zonas en las que hay labores sociales que pueda ver si hay algún voluntario sobre el terreno y pueda preguntarle si hace falta alguna cosa que se ofrezcan a llevar aprovechando su viaje de placer…

Las posibilidades son amplias pero pueden seguir creciendo, ahora sólo hace falta que la gente lo encuentre útil, se apunte y empiece a trabajar, si te ha gustado el inviento, te esperamos.

Julián Campo, el sadhu de Burgos

Thornton Wilder se preguntaba en “El Puente de San Luis Rey, extraordinaria narración recientemente defenestrada por el cine, sobre los “caprichos” de la muerte. Su protagonista, el hermano Junipero, investigaba a fondo la vida de cinco personas que se habían el precipitado al abismo el viernes 20 de julio de 1714, a mediodía, tras el puente más bonito de todo el Perú, “una mera escalerilla de delgadas tablas con pasamos de sarmientos secos” en el camino real entre Lima y el Cuzco, que había sido tejido por los incas con mimbres más de un siglo antes, y “parecía ser una de esas cosas que duran eternamente”. Su objetivo era tratar de demostrar en el laboratorio de la vida la respuesta a la pregunta sobre si los por qués de la vida y la muerte responden con exactitud a los mecanismos escondidos de un plan divino o no somos más que monigotes en las manos de un destino que depende del yo y sus circunstancias a partes iguales.

Se trata de una de esas preguntas eternas que vuelve a ser actualidad tras un accidente ferroviario como el del pasado día 21 de agosto en Villada. Una vez más la historia no deja de imitar a las novelas y la vida de Julián, una de las víctimas, hubiera merecido un lugar destacado entre los personajes de la magnífica novela del escritor norteamericano.

Sólo ví a Julián una vez en mi vida, en la casa que las monjas de la Madre Teresa de Calcuta tienen en Madrid. No tuve la suerte de coincidir con él en Calcuta. Aunque tenía allí su casa aprovechaba los veranos, en los que las casas de las Misioneras de la Caridad se llenan de voluntarios, para tomar un respiro en su España natal. Pronto descubrí que él nunca dejaba de estar allí, su presencia era una referencia continua en la labor de los voluntarios.

Como esas personas que se mimetizan con su alrededor Julián se parecía cada vez más a esos sabios indios que contemplan la vida pasar en las aceras de cualquier ciudad india, y que van acumulando sabiduría, bibliotecas andantes del conocimiento ancestral. Era un asceta de tupida barba, era un sadhu, que como los sadhus verdaderos parecía haber renunciado al mundo exterior para vivir sólo del alma. Y por eso, por paradójico que pueda resultar, desde que pisó Calcuta por primera vez, tras el habitual shock inicial, se había puesto manos a la obra. Nunca se pudo marchar, y sin dejarse llevar por el lamento inútil o el fatalismo paralizante que produce la inmensidad de penas, dolores y necesidades que forman la vida diaria de la ciudad, pronto empezó a poner en práctica los consejos de la Madre Teresa de Calcuta, para la que sólo con gotas de agua se puede llenar el océano.

El mismo decía:

No tuve el valor de marcharme cuando vine a Calcuta. Fueron los peores cinco días de mi vida. Me preguntaba si era necesario tanto dolor, si hacía falta llevar los extremos de la miseria a unas experiencias tan horrendas.

Nunca fue solidario de pegatina, pancarta y discurso oficial. Sin querer protagonista de nada asumió desde el principio que lo que veía y vivía a diario era también su problema. Como su maestra la Beata Teresa de Calcuta medía la eficacia de la labores asistenciales por la cantidad amor que cada uno pone en su labor, la fórmula secreta de la labor de las Misioneras de la Caridad, que hace que todos los que reciben su ayuda se sientan únicos e irrepetibles, personas en un mundo que se empeña en tratarles como animales, o como números, que aunque no es lo mismo es casi igual.

Como comentaba un artículo publicado por El Mundo hace unos años, allí, además de bengalí, aprendió:

“a entender el sentido de la caridad, de la generosidad. Se habla mucho de los pobres, pero nadie habla con ellos. Y son los pobres quienes me han enseñado el sentido de este trabajo humanitario: te dan más de lo que tienen, te quieren, te transmiten unas sensaciones humanas que no he percibido fuera de aquí”.

Julián se enfrentaba cara a cara con la muerte a diario, en su labor en la estación de Howrah, ese cementerio de elefantes al que llegan a morir las gentes del campo y en Kalighat, el centro de enfermos terminales e indigentes, el primero de los más de 700 que la Madre Teresa fundó por todo el mundo y por el que sentía especial predilección. Allí intentaba curar a los enfermos, los ayudaba a bienmorir y embalsama sus cadaveres para devolverles la dignidad. Ya le había visto varias veces las orejas al lobo, no podía ser de otra manera después de 10 años viviendo entre el sida, la malaria, el tuberculosis y el tifus… pero la muerte le llegó en su país España, donde cualquiera le diría que podía estar seguro y sin peligros. No seré yo el que, emulando al hermano Junipero, trate de preguntarme el por qué, aunque no pueda evitar analizar la secuencia del descarrilamiento segundo a segundo, como buscando un fallo que permita volver hacia atrás, rebajar la velocidad, sólo se me ocurre pensar que Julián le habría dicho al conductor que no había prisa.

El decía:

“Me marcharé cuando el trabajo se convierta en una rutina, cuando sienta que la vida y la muerte han dejado de sorprenderme, cuando vea que me levanto a las cinco de la mañana como si los enfermos y los moribundos fueran una mera obligación. Sé muy bien que no he solucionado el problema del hambre, que la misión apenas representa una gota en el océano, pero no quiero reprocharme haber abusado de la vida cuando la muerte y la pobreza abusan de los demás. Aquí he aprendido a dar y recibir la dignidad”.

, así que Julián se quedará para siempre en Calcuta.

La noticia ha caído como una bomba en la comunidad de colaboradores que, como todos los veranos, están repartidos por casas de las Misioneras de la Caridad en todo el mundo. La gran mayoría de ellos están en Calcuta, donde este año hay más voluntarios que nunca. Siempre he pensado que si allí no fueran tan apremiantes las necesidades, se habría levantado hace muchos años un monumento a los voluntarios, hoy estoy seguro que ese monumento llevaría su rostro. El rostro de una de esas personas, santas las llama la iglesia católica, a las que el mundo debería estar eternamente agradecido por su vida.

PS para no iniciados: Los voluntarios de la madre Teresa no cobran una rupia. Ni siquiera reciben ayudas para costearse el viaje, para mantener la residencia, o para compensar el esfuerzo de 12 horas consecutivas. “Vas allí y te pones a trabajar a tu aire. Nadie te pide ayuda, ni te indica lo que tienes que hacer. Primero aprendes, después te sueltas, y, al final, acabas la jornada extenuado, con una sensación plena de vitalidad. No te puedes imaginar la manera en que los pobres entre los pobres agradecen que escuches sus pequeñas historias, sus problemas, sus ilusiones. Un trozo de cielo en el infierno”.